En el best-seller de Andrew Ross Sorkin Too Big to Fail (Demasiado grande para fallar), se describen las pocas semanas del 2008 durante las cuales varias personalidades de Washington y Wall Street, en medio de grandes tensiones, decidieron el destino de la humanidad. Pero lo más importante es la revelación de lo que estuvo en juego de espaldas a la inmensa mayoría de la población: la supervivencia o el derrumbe del sistema capitalista.
En el mismo año, en Cuba, el general Raúl Castro, recién elegido presidente del Consejo de Estado por la Asamblea Nacional, barajaba las posibles opciones para salvar “la revolución” de las profundas contradicciones internas, en particular, la corrupción de la burocracia estatal que carcomía desde sus mismos cimientos el modelo cubano. Dos años después, en diciembre de 2010, confesaba que estaban “bordeando el precipicio” y revelaba qué sucedería si no se hacían cambios urgentes: “nos hundimos”.
Tanto el “capitalismo” –o predominio del capital en los procesos productivos–, como el “comunismo” –o monopolio del Estado sobre los principales medios de producción– son hijos de la sociedad industrial y por tanto hermanos de sangre. ¿Será preciso llamar al modelo regido por partidos comunistas como “comunismo real” para designar lo que realmente ha existido hasta ahora, más allá del ideal frustrado de una sociedad idílica sin Estado ni explotación del hombre por el hombre, o más bien llamarlo “capitalismo monopolista de Estado” como hacen algunos marxistas contestatarios, teniendo en cuenta que se trataría del máximo grado posible del proceso de monopolización del propio sistema capitalista? Llámese como se llame, lo real es que a pesar de la satanización que de ese sistema han hecho tanto liberales como conservadores, tiene mucho en común con el propio capitalismo como dos caras de una misma moneda. Justamente la gran estafa ha sido presentar a cualquiera de los dos modelos como bueno sólo porque el otro era malo. Ambos se caracterizan por el acaparamiento monopólico de las riquezas en pocas manos y por la cosificación del ser humano, reducido a mera mercancía que tiene que venderse cada día por ocho horas para convertirse en una tuerca de la maquinaria productiva, sometido a los caprichos de un patrón y bajo la vigilancia de capataces y supervisores encargados de garantizar su rendimiento.
La necesidad de esa vigilancia revela el principal defecto del sistema salarial propio de la sociedad industrial: la ausencia en los trabajadores de un verdadero estímulo productivo. He citado antes un ejemplo expuesto por el propio Jesús sobre esa desventaja: “El buen pastor su vida da por las ovejas. Mas el asalariado (…) de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye”(Jn 10).
La relación salarial, aplicada antiguamente para determinados sectores especiales, se convirtió en la forma generalizada de relación económica a partir del nacimiento de la sociedad industrial durante los siglos XVII y XVIII, por lo que se constituyó en el factor más vulnerable de esa sociedad al escindir en grupos contrapuestos a los seres humanos que intervienen en ese proceso productivo: proletarios que buscan mejoras salariales y propietarios que se oponen porque encarecen el costo de producción en un mundo competitivo. Ese defecto no puede ser corregido sin eliminar el sistema salarial y en consecuencia la esencia misma de la sociedad industrial y de los dos modelos nacidos en su seno, lo cual significa convertir los salarios en reparto de ganancias y transformar al trabajador de proletario en propietario. El razonamiento de que, para la eficiencia productiva, el incentivo de miles de empresarios privados redunda en mayor desarrollo que el interés de un pequeño grupo –y a veces de un solo hombre– conduce a que sería aún mayor la eficiencia con el estímulo de millones cuando ese interés lo tengan todos los trabajadores. A los que dicen que hay que crear en Cuba “una clase empresarial” les respondería que lo que hay que crear es un pueblo empresarial.
Esas contradicciones insalvables y una nueva tecnología que otorga más valor a la fuerza de trabajo que al capital mismo en los procesos productivos, ha hecho que esa sociedad, en su conjunto, empezara a derrumbarse en 1989 por su ala más débil y que comenzara a tambalearse por su ala más vigorosa durante la profunda crisis de 2008. Llegados a este punto, más que hablar de un supuesto “socialismo del siglo XXI”, lo que realmente tendría sentido es hablar de la sociedad participativa del tercer milenio.
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